jueves, 25 de agosto de 2016

Me acurruco en el asiento del ómnibus. La espalda  el pasillo y mis ojos la ventana. A mi lado tendrías que estar vos, pienso. Y no sé porque vos. Recuerdo que cuando nos conocimos viajamos esa  primer mañana juntos, esa vez me acurruqué en tu cuerpo, cálido, un poco apretado pero suave y mullido.
No te pienso hombre  almohadón o sillón, simplemente se hizo patente la ausencia de un abrigo protector único, el tuyo. Tu modo lleno de brazos y manos, de pellizcos y olfatos.

Lloro un instante por dentro, por sentir un lugar vacío que nadie puede llenar, nadie debe llenar. Es el propio paisaje desolado quemándose de sol, o helándose de nada. Cada cual sin ninguna referencia más que lo abismal. El cuerpo medido en la medida de un sillón y el sentir sin cause.

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